Han pasado algunos días desde que se realizó el desalojo en los Bosques del Pómac y parece que ya todos hemos olvidado que tres policías fueron asesinados en la acción. Mucho revuelo, un fintero temblor político, declaraciones oportunistas de parlamentarios y más para pasar, como tantas otras cosas, al archivo de hechos insólitos made in Perú.
Sin embargo lo sucedido es grave y debería ser tema prioritario en el país. Hace solamente tres meses un incidente similar ocurrió en Moquegua, exactamente en el llamado Puente Montalvo, cuando pobladores de este departamento se atrincheraron en la vía reclamando la reforma de la Ley del Canon Minero. La policía, en un desordenado acto de "inteligencia" -aunque también se dice que el error fue a causa de un desacato-, terminó siendo rehén de los frenéticos protestantes. Hubieron efectivos heridos y otros golpeados, estos últimos en la dignidad. Sin armas se lanzaron a realizar un tipo de concilio para restablecer el orden y terminaron prisioneros. En aquel momento toda la responsabilidad fue adjudicada al ministro del interior de ese entonces, Luis Alva Castro, y le llovió de todo al hombre. El secuestro de policías por civiles duró varios días, incluyendo entre los hechos curiosas acciones registradas en video, como la del capitán de la XI Región Territorial, Alberto Jordán, abrazado y sonriente con sus captores, intercambiando sombreros con los manifestantes.
Hubieron movidas en los ministerios (aunque exactamente fue todo un cambio de gabinete tras el boom de los Petroaudios) y, como se presumía, salió Alva Castro para ser reemplazado por el actual titular del Interior, el general Remigio Hernani. Diferentes ministros, distintas perspectivas y al final, unos meses después, el similar resultado pero con muertos de por medio. Esta vez no hubo secuestro de policías ni videos jocosos, pero las condiciones fueron muy parecidas. Policías desarmados fueron a cumplir el desalojo de una zona arqueológica invadida y en plena misión comenzaron a llover balas de francotiradores. Tres policías murieron y, como nunca, pudimos ver en la televisión los reclamos de efectivos indignados por las penosas condiciones con las que habían sido enviados.

El problema es más grande de lo que parece, y si bien el ministro de turno tiene parte de responsabilidad en los hechos (como jefe de un extenso equipo), no se puede limitar la culpa tan facilmente.
Todavía puedo recordar los tiempos en que el policía era la autoridad. En mi memoria está el saludo amable y casi obligatorio de mi abuelo hacia el custodio del orden en la puerta del Banco de la Nación. El policía, bien plantado, respondía gallardo cuando no estaba ocupado en poner en regla las desordenadas colas. Y la gente obedecía sin chistar. ¿Alguien se atrevería a pedirle la "gauchadita" de hacerlo pasar sin respetar la cola? Ni hablar.
En ese entonces aún quedaba algo de "temor" al uniformado, que a la vez podía traducirse en respeto. Tal vez fuera porque quedaba el recuerdo de aquellas "batidas" en el pinball o porque los de verde no entraban en "vainas". La cuestión es que todavía podías creer que, en caso de algún aprieto, podías llamar a la policía y te ayudarían en solucionar el problema. Seguramente ya existían coimas, policías locos y excesos de los uniformados, pero según he conversado con eminencias de antaño -entiéndase por los "cochitos"- nada se parece a la actualidad.
Al igual que con otras profesiones, pareciera que algunos ven el postular a la Policía como un "hay que ser algo en la vida", tema similar al que vemos en muchos maestros de colegios estatales. No es raro saber de profesores que tienen conocimientos muy por debajo de lo requerido, o que no manejan métodos de enseñanza adecuados. Incluso el gobierno tuvo que realizar exámenes a los maestros -a pesar del acostumbrado lloriqueo del Sutep- que devinieron en cursos de actualización atosigantes donde justos pagaron por pecadores. Y es verdad, si bien la eduación estatal en el Perú es decadente, hay maestros que sí se sienten comprometidos con su profesión, pero frente al masivo rebaño de seudo-profesores éstos se ven opacados. Imagino que el mismo caso sucede en la Policía, donde podemos encontrar efectivos consecuentes con su profesión, creyentes de sus códigos y misión, pero inevitablemente los perdemos de vista entre tanto "tombo" recibiendo billete para dejar pasar infracciones de tránsito o haciendo negocio con el combustible asignado.
Un policía similar es aquel que vemos caminar lentamente por las calles dado el grosor de su cintura y el espesor de su tejido adiposo. Nadie puede criticar a otro por su contextura y todos tenemos derecho a ser algo redondos, pero tratándose de un guardián del orden ésto se vuelve impensable. El policía es -o debiera ser- la mixtura de la ley, la aptitud mental y el físico óptimo que le permita estar en las mejores condiciones para luchar contra la delincuencia. ¿Cómo logrará un obeso efectivo perseguir más de una cuadra a la banda del Choclito? Hay profesiones y actividades que exigen un buen nivel físico, y una de éstas es la Policía. ¿Qué está sucediendo con los entrenamientos? ¿La institución no contempla entrenamiento para los policías en actividad? ¿Hay un control de salud y de aptitud física para el personal?
¿Quiénes son los que se están preparando para ser policías? Imagino a varios jóvenes que, sin saber qué hacer de sus vidas, dan la prueba para ingresar a la escuela. También a otros que sí lo desean, pero no saben exactamente de qué se trata esta profesión. Y para no ser mezquinos, alguno que otro policía de vocación. ¿Es riguroso actualmente el examen? Y si lo fuera ¿mide la vocación del postulante? Sabemos que cada quien es libre de optar por la profesión que desee, sea o no lo que le tiene asignado el destino, pero en el caso de ser policía existe un compromiso con la sociedad, por lo que deberíamos contar con custodios del orden dedicados a honrar su profesión. Esa vocación tan vinculada con el bienestar y seguridad de la gente debería ser medida desde el inicio para garantizar efectivos consecuentes a su carrera, sin que nadie los obligue a un gimnasio obligatorio para cuidar su físico, o que debamos pensar que el policía orgulloso de su autoridad es una especie en extinción.
Tal vez partiendo de la vocación podamos ver resultados más adecuados en el accionar policial. Nadie resta méritos a casos como el ejemplar desalojo del Mercado de Santa Anita, pero debemos ser honestos con lo que vemos habitualmente y críticos con temas alarmantes, más aún si existe agresión de los civiles contra las fuerzas del orden. Si falló la inteligencia en casos como el Pómac o el Puente Montalvo -como algunas voces acusan- es porque tal vez no estuvieron dentro del planeamiento los cerebros indicados.